“Mi compromiso es con la sociedad”

Posted by ja-SaNtOs on 20:18



Viviendo una vocación, buscando reconstrucción
En más de tres décadas de trabajo social, María Eugenia Gallego Palau ha ejercido como voluntaria, profesora e investigadora, al servicio de la reparación y el enriquecimiento cultural de las comunidades marginadas. El color rojo del letrero de neón del café se percibía claramente bajo la sombra de las tejas viejas de un centro comercial decorado con flores casi marchitas, por el trajín de una feria que María Eugenia Gallego no presenció. Cuando la ciudad revivía el orgullo provinciano que aparece cada agosto, ella se encontraba en Coveñas cumpliendo la labor social en la que se ‘embarcó’ hace aproximadamente 3 años: la alfabetización de una comunidad, que por falta de educación, no aprovecha los recursos de su biblioteca rural. “Soy muy crítica”, advierte antes de darle el primer sorbo al tinto que se encuentra en el pequeño vaso de icopor que sostiene en su mano. Al verla pasar dos tragos decido comenzar el mío, sintiendo de inmediato un calor intenso que quema mi lengua y mi garganta. Sin embargo, ella ni se inmuta. Después de cada sorbo dice frases que impresionan, no sólo por su carácter, sino por la facilidad con la que fluyen, pese a que por su boca pasó segundos antes un líquido que, con pocas gotas, estuvo a punto de dejarme mudo.

¿Qué la llevó a optar por el trabajo social como una opción de vida?
Yo pienso que el trabajo social es una vocación. En ese momento, yo no tenía un argumento racional para elegirlo. A mí me gustaba, tal vez porque tuve una influencia grande de mi educación con monjas, quienes me cultivaron cierta sensibilidad social. Pero yo simplemente quise aprender cómo se ayudaba, porque desde muy pequeñita yo oía que en mi casa decían, “es que ayudar es muy difícil”, y cuando terminé bachillerato dije: “Es que ellos no saben ayudar”.

Cuando entré a trabajo social, empecé a darme cuenta de que la carrera era más que sensibilidad y caridad cristiana; era una responsabilidad social y una postura ética del ser humano frente a la sociedad en la que vive. Entonces, fue cuando supe que el trabajo social no es sólo dar lo que yo creo que el otro necesita, sino comprender una realidad y empezar a trabajar en ella.

¿En qué se diferencia la ayuda que se da ahora con la que se brindaba antes?

Antes era muy asistencialista. Pero eso estaba asociado a un contexto político, donde el Estado era un benefactor que tenía que echarse la familia del trabajador al hombro, mientras que él tomaba cerveza. Después, cuando ese estado se cae, llega la Constitución de 1991 y con ella, la ayuda participativa, en la que se dan los elementos a quien los necesita para que sea el constructor de su propia realidad.

Usted tuvo la experiencia de vivir las consecuencias de una tragedia que dejó más de mil víctimas, el terremoto de Quindío. Al llegar allí ¿cuál fue el sentimiento que la invadió?

La pregunta la sorprende. Al escucharla, se queda en silencio unos segundos, abre sus ojos verdes de par en par y parece remontarse a tiempos difíciles. La expresión de su rostro blanco acentúa unas arrugas que, durante la conversación, no habían sido tan evidentes.

Antes de eso yo estaba vinculada a la Corporación Antioquia Presente, que es una fundación creada para atender desastres, donde habíamos atendido 20 ó 30 familias. Pero cuando llegamos al ‘Eje Cafetero’ nos encontramos con un desastre tan apabullador que paralizó a la gente. Los tres primeros días eran de shock, porque llegar allí era encontrar montañas de escombros con gente debajo. Entonces lo primero que uno siente es temor… ¿cómo ayudar? Y ¿cómo hacerlo proactivamente sin que la gente se vuelva mendigante?
¿Cómo hizo, en ese caso, para armarse de fuerza y empezar a brindarle ayuda a una gente que prácticamente lo perdió todo?

De muchas zonas del país llegó gente para hacerse pasar como damnificada de la tragedia. Eso me dolió tanto, que yo los veía como moscos. Lo primero que tuvimos que hacer fue ‘espantarlos’, empezar a reconstruir las cuadras y pedirle a las personas que se fuera a sus escombros para poder identificarla y evitar que se quedaran sin ayuda. Esta era la única manera en que el que no vivía en la cuadra se tenía que ir.

Entretanto, teníamos un lema para los afectados: “Limpie su lote, construya su ‘cambuche’”. El miedo era volverlos mendigantes, pues para ellos recuperarse de ese trauma, tenían que ser protagonistas de su reconstrucción.

A nosotros nos criticaron mucho en ese entonces, porque no dábamos toda la comida que nos mandaban, sino que cambiábamos los alimentos que nos daba la UNICEF por trabajo (remoción y limpieza de escombros, cuidado de niños). Eso fue maravilloso, porque le decía a la gente: “Usted no es discapacitado, usted no lo perdió todo, perdió lo material; pero sigue siendo el mismo ‘verraco’ de siempre que construyó todo esto”.
En segundos, María Eugenia pasa de la indignación al orgullo y su cara se llena de emoción. Empuña sus manos y sus venas sobresalen, el vello en sus brazos se pone literalmente de puntas y tras concluir cada frase, golpea enfáticamente la mesa metálica en la que se encuentra, llamando la atención de dos ancianos que, desde entonces, permanecen atentos a sus palabras.
¿En esa propuesta encontraron mucha resistencia de la gente?

¡Claro, oposición! Porque en otros lugares del ‘Eje Cafetero’ había ONG que le estaban diciendo a la gente, “siéntase pobrecito”, y pensaban que la Corporación se estaba apersonando de todas las ayudas.

El lugar donde estábamos, La Tebaida, era el único municipio que tenía la gente trabajando. Pero cuando formamos unos comités para mostrarle a los demás cómo estábamos, se dieron cuenta de que éramos los más organizados.

En ese entonces ¿qué situación la conmovió más?

El atraso histórico de este país, porque es vivir y evidenciar los efectos humanos de la exclusión, la inequidad y el abandono.

-Colombia ha pasado por épocas de violencia dolorosas de las cuáles usted también ha sido testigo, como la masacre de Machuca o la toma guerrillera de Granada ¿Qué ha sido lo más representativo para usted en las comunidades que han sufrido el conflicto armado?

Esos recuerdos parecen herirla. Antes de contestar respira hondo y con sus manos se tapa la vista, sin darse cuenta de que muchos a su alrededor están pendientes de lo que hace. Disiente con la cabeza, lleva de nuevo sus manos a la mesa y con ellas, vuelve pedazos su vaso ya vacío. Amenaza con hacerle lo mismo al mío, pero nota que está casi lleno. “Ya está frio”, me dice mirando el tinto… Entonces responde:

Algo muy doloroso de evidenciar es cómo la violencia engendra violencia. Es muy duro oír decir a una persona que le destruyeron su familia: “Yo no quedo tranquilo hasta que mate a esos malparidos”. Sacar del corazón de alguien ese afán de retaliación es muy difícil.
Otra cosa que me preocupa es que la sociedad del consumo ha implantado la creencia “cuánto tienes, cuánto vales”. Eso ha permitido que la droga permee al campesino, que es bueno por naturaleza, y es algo que me parece supremamente duro.

¿Tanto sufrimiento alguna vez la hizo pensar en apartarse de su profesión?

Claro, muchas veces. Es más, yo todavía me sigo preguntando qué estoy haciendo en esta profesión. El ejercicio profesional mío es una búsqueda que no ha concluido.

¿Cree que las ayudas sociales del Gobierno Nacional son suficientes y adecuadas?

El Gobierno no tiene una política social. ¿Qué está haciendo Uribe ahí? Politiquería barata, le está repartiendo plata a la gente. Para mí el Estado sigue siendo asistencialista en la mayoría de las cosas, y me parece que la política social de los municipios es mejor que la del país.

-La ONU tiene planteados 8 objetivos para la erradicación, a 2015, de unos problemas que aquejan a los países en vía de desarrollo ¿En qué puntos va bien Colombia y en cuáles le hace falta?

Es muy triste que lo haya tenido que decir Naciones Unidas, para que aquí entendiéramos la importancia de la educación, la salud, etc. Pero es positivo, en cuanto que todos los planes de desarrollo están inscritos en los 8 objetivos y eso es una ganancia. Eso ha permitido, también, la valoración de ítems, como la educación y el agua potable, que antes no se consideraban.

¿Qué problemas le ha traído su profesión y su forma de pensar?

Yo conozco trabajadores sociales que están esperando que les llegue la jubilación. Entonces, por cuidar su puesto, ya no introducen ningún cambio. Cuando uno trabaja con esta vaina y es tan visceral como soy yo, no cuida el puesto, sino que defiende sus principios. Esto le cuesta lo que me han costado a mí: en estos momentos no tengo empleo, pero estoy más tranquila.

Mi compromiso es con la sociedad y con el otro y eso me ha llevado a unas ‘pelas’ muy duras. Uno no cuida las condiciones laborales, porque no se puede comerciar con la voluntad de la gente.

En medio de su respuesta, se le escapa una carcajada que demarca, de nuevo, sus arrugas. Pero esta vez es diferente, María Eugenia deja entrever que hoy está contenta con su situación, porque contribuir es lo fundamental para ella. Actualmente, trabaja como voluntaria en la Fundación Perpetuo Socorro, impulsada por el mismo deseo de ayudar que la enlistó en su profesión, pero con objetivos más claros, porque como dice: “Los proyectos sociales son de la gente, duran hasta que la gente decida y de ellos uno no debe recibir ni un solo peso”.